-Malditos bandidos –refunfuñó Sir Lorgarm mientras movía su canoso mostacho- Algún día recibirán su merecido.
Montado en su corcel, el veterano oficial encabezaba el convoy a través del bosque. Custodiado por no muchos hombres estaba compuesto por unos cuantos carromatos cargados de armamento, cubierto éste por lonas para ocultarlo de la vista.
En silencio, los hombres marchaban confiados a pesar de la amenaza que les acechaba, pues durante los últimos meses esos senderos eran el coto de caza habitual de un nuevo grupo de truhanes, los Lobos de Rolf.
Con toda clase de artimañas estos lobos se habían convertido en un verdadero peligro. Se decía que su líder, Rolf, poseía toda clase de extraños artilugios. Debido a ello ningún convoy había podido resistírseles.
Pero no, con él no iban a poder, no con un perro viejo que había visto centenares de batallas. Quizá alguna menos.
De repente un tronco cayó ante él con gran estruendo y encabritando a su caballo.
-¿¡Pero qué demonios…!? –gritó mientras forcejeaba con su montura.
-¡Alto ahí, miserables! –clamó una voz- ¡Habéis entrado en los dominios del lobo!
En un momento el convoy se vio rodeado a ambos lados del sendero por un numeroso grupo de salteadores, destacando entre ellos un tipo cubierto por una piel de lobo.
-¡Fuera de mi camino, truhán! –le gritó Sir Lorgarm desenvainando su espada- ¡O probarás la furia de mi acero!
-¡Ha! ¿Es que no sabes quién soy? ¡Soy Rolf el Lobo! –clamó enérgicamente señalándose con el pulgar- ¡Y si apreciáis vuestra vidas más os vale entregarme lo que tengáis!
-¡Jamás!
-¡Tú lo has querido! ¡Lobos! ¡Enseñadles lo que es bueno!
En ese momento varios de los salteadores encendieron las mechas de unas bolas negras que llevaban del tamaño de una naranja y las lanzaron contra el convoy.
Confundidos, los soldados las contemplaron…
Como veis ya ha empezado mi próxima andadura.
Con el tiempo habrá más.
